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La nueva negra

10

02 2010

Digo la nueva negra, porque antes era vieja (lo leí en un libro, Las verdades de Perogrullo, ediciones el Puño). Era vieja porque la trataron mal, la desatendieron y la ignoraron en el balcón. Por desgracia, no son casos aislados, los balcones de Palma están repletos de ELLAS, unas de pie, otras tumbadas y otras boca arriba. Pero claro, un día de fin de semana, soleado y apacible, decide su señor sacarla a pasear (siempre acompañada por algún familiar, eso sí), y ésta, con sus costumbres oxidadas, no encuentra la mejor forma de complacer a este, que exige de ELLA un comportamiento dulce y silencioso. Vuelve a su solitario balcón sin tener una sola oportunidad de lucirse.

Pasa el tiempo (uf!) y el señor necesita el espacio que ella ocupa para colocar una lavadora. El contenedor de la esquina es su nuevo y eventual hogar hasta que un moro, de la morería, la rescata de ese pérfido/fétido lugar para llevársela, el próximo sábado, al rastrillo de Les Avíngudes.

Cuando pasé por delante de ELLA, no me fijé en su oculta belleza, tuve que repasar una y otra vez sus desgastadas virtudes y tratar de descubrir sus muchos defectos. Lo que si descubrí, era su tremenda personalidad urbana, su largo cautiverio en aquel balcón, había hecho de ella una auténtica urbanita. Antes era azul… y ahora es la nueva negra.

Como decíamos ayer…

28

01 2010

Aún recuerdo el tiempo que pasaba pidiendo bicis para dar una vuelta. Era el niño que más caminaba, del colegio a casa, de casa al “prao” pasando por el quiosco, y no había forma de hacerlo de otra manera.
Quizás si mi padre no hubiera temido tanto por mi vida… me hubiera comprado aquella bici que yo tanto mendigaba.
Por aquellas edades el peligro y el riesgo eran desconocidos. Los vehículos a motor, aunque no escasos, eran en según que zonas ocasionales y la bicicleta vivía en completa armonía en la ciudad.
El tiempo y la edad avanzan, te haces más independiente, más cómodo y sobre todo vago. El coche se convierte en tu fiel compañero de juergas, amores y viajes idílicos. Entonces comienzan los problemas de ¿dónde dejo el coche?, ¡este mes no tengo para gasolina!, ¡maldita multa!!!, los del párking se han pasado tres pueblos y ¿ahora este golpe como lo arreglo?… En fines, si sumas la cantidad de pasta que te gastas para ir a por pan o a trabajar, resulta que puedo viajar en… TAXI toda la vida. Ahora bien, si lo que pretendo es tener un corazón más o menos en forma, una calidad de vida más que aceptable y disfrutar de una ciudad cada vez más abierta al disfrute del aire puro… vuelvo a pedirte DÉJAME LA BICI (porfa).