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Una historia en 635 metros

No se si son ciertas las historias de caminantes solitarios que vagan por sendas, caminos, carreteras y calles. Siempre las hubo y espero que siga así. Ésta que cuento hoy me sucede a diario, no es pasado, ni siquiera es una leyenda ancestral y tal.

No puedo empezar con aquello de “Un cierto día…” porque sucede todos los días en una calle o camino entre Son Sardina y la rotonda de la carretera de Valldemossa. Es el único tramo en el que viajo por la calzada, ya que no hay carril bici ni siquiera una triste acera por la que te puedan multar. Es un viejo camino que se asfaltó en su día para que los devoradores de oil pudieran circular sin que se ensuciaran sus ruedas. Vallada de antiguas paredes de piedra que aíslan las fincas de almendros de la carretera, el caminar por ella o circular con bici, se hace a veces peligroso.

Todas la mañanas, pero todas, cuando salgo para Palma me encuentro con este caminante entrado en años, con una forma de andar muy ligera y saltarina. El hombre va recogiendo hierba de las orillas para luego dar de comer a un caballo que permanece siempre encerrado en una pequeña parcela. Lo acaricia y luego se marcha a toda velocidad. Nos saludamos desde el primer día. Yo levanto la mano y el también.

Cuando subo a comer a medio día se repite la historia, se repite el lugar y se repite el ritual de saludos, y siempre el mismo pensamiento durante hace más de cinco años, ¿quién será este hombre?. No me atrevo a preguntárselo para no estropear esta misteriosa historia.

Prefiero imaginar…

Foto: domibrez Música: Las Grecas – Solitario

28

05 2012

Me creía en Marte!

De repente tengo la sensación de haber estado viviendo en un mundo paralelo. Desde el día que comencé el blog, voy conociendo ciudadanos que llevan el mismo tiempo o más que yo usando la bici como medio de transporte. Antes bajaba yo sólo de mi pueblo (Son Sardina) y quizás me encontraba con algún esforzado estudiante de la UIB. Llegaba al carril bici de las Avenidas y realmente pensaba que era yo, también, de el que todos los medios de comunicación hablaban. Me creía en Marte.

Y desde aquel día (el del blog…) resulta que somos muchos/as los que bajamos y subimos a la vez, disfrutamos del almendro que me saluda por la derecha, calentamos piernas en la pasarela y entramos en Blanquerna. Me gusta la sensación de no sentirme bicho o cosa.

Por el gran criticado y peligroso carril de las Avenidas, cada vez más lleno, pasé el miércoles sobre las 20 h. Me crucé con unas veinte ciudadanos en bici en el tramo de los juzgados, eso equivale a 20 coches menos, osease 80 y pico metros de atasco contaminante de salida de trabajo. Es cuando realmente te das cuenta que mi “esfuerzo” y el de otros muchos, incluyendo a políticos honrados, tiene recompensa. Me recoloco en el sillín y continuo el camino a casa. En unos 25 minutos, regreso del espacio interestelar y atravieso esos mundos paralelos de los que no pensaba regresar.

02

03 2010

Pasar por Blanquerna

Me preguntaba Cuqui San Juan… ¿las bicicletas son para el invierno? –Puesssss…, le dije yo. Todo depende de los gustos y ganas que tengas de cabrearte, estresarte, desesperarte, agobiarte, marearte… arte, arte, arte… durante esta época.

El invierno es un tiempo ideal para circular en bici por la ciudad, sobre todo en una como la nuestra. Puede sorprender lo que digo, pero la tranquilidad con la que llegas a todos los lados es mayor que el frío que puedas pasar.

Cuando sales por la mañana, la sensación del aire en la cara y tu cuerpo moviéndose a ritmo descansado, es indescriptible. En dos minutos comienzas a despertar y tus músculos se esponjan corriendo la sangre caliente entre ellos. Los almendros, ahora en flor, te saludan por la derecha y te dejan respirar el oxígeno que han estado fabricando durante toda la noche. Ostras… el futuro hospital!, se avecina una pasarela con una cuesta para poner a prueba los cuádriceps femorales. Pero como todo lo que sube baja, comienzas el descenso hacia Ciutat por el relajado carril bici de la carretera de Valdemossa. Aquí el frío ya es historia, y la sensación, de ver a todos los coches atascados a las 9 h. de la mañana en la M-20 (según Munar) y en la rotonda del Ocimax, es tremenda.

El clímax de la ruta llega cuando entras en Blanquerna, es alentadora la sensación de ver como peatones, bicis y coches se entienden en este recuperado espacio urbano. El otro día hasta creí oír el canto de unos pajarillos. El final del viaje es el Paseo Mallorca y todo ello en unos miserables 17 minutos desde Son Sardina, con frío y a veces con lluvia.

No lo cambio por nada. No.

19

02 2010