Archivos en ‘Historias de aquí’.

La bici impaciente. Otros pensamientos.

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Hace un tiempo reformé la bici del abuelo de Margarita. Una exquisitez de máquina que había caído en una dejadez extrema.

Margarita recupero su bici y recuperó sus pensamientos impacientes, y hoy os pongo uno de ellos.

“El escritorio impaciente” de Margarita Oliver

http://elescritorioimpaciente.blogspot.com.es/

Totalmente cretinos.

¿En qué momento empezamos a ser tan cretinos? ¿Cuándo fue que nos hicimos tanto daño como para no volver a arriesgarnos más?

Hace tiempo que observo cómo son las relaciones personales. Las de mis allegados y las propias.

En general se suceden una serie de pautas que pueden variar en su orden pero no en su resultado. Las relaciones virtuales se han convertido en esenciales. Las reales han devenido en potencialmente peligrosas, ergo susceptibles de ser evitadas.

Todos los días tenemos montones de whatsapps, me gustan, etiquetas y mil motivos más para conectarnos a la red. (Qué nombre tan bien elegido: red. Tanto la primera como la quinta acepción de la RAE me parecen muy acertadas para el tipo de “aparejo” al que me refiero).

E indefectiblemente todos los días nos sentimos unidos, ligados a cientos de personas a través de esta maraña (combinación de la quinta y sexta acepción de la RAE). Y sin embargo… Estamos solos. No dejamos de ansiar ese ser humano que comparta con nosotros vivencias, gestos simples, cómplices. Cosas tan sencillas como compartir una tarde ociosa de domingo en un viejo sofá, o como contarle a alguien nuestros miedos, nuestras dudas, … En definitiva, mostrarnos tal y como somos, es decir, vulnerables.

El problema está en que no podemos mostrarnos así. ¿Por qué? Porque en el momento en que nos mostráramos así, los demás sabrían que estamos desprotegidos y podrían aprovechar para hacernos daño. Y hemos desarrollado verdadero pánico al dolor. Nadie quiere sentirlo. Hemos inventado mil trucos para olvidar que existe, para no verlo, para que no nos hiera su acerada garra imprevisible. Y nos sentimos a salvo de él manteniendo a la gente en la distancia de la red.

Pero olvidamos algo. Persistiendo en esa distancia de seguridad no alcanzamos a mirarnos a los ojos. Y perdemos nuestra humanidad. Perdemos la capacidad de abandonarnos a la confianza que otros ojos nos muestran.

¿Cuánto tiempo hace que no miras profundamente a alguien a los ojos? ¿Cuánto tiempo hace que alguien no te permite que le mires muy adentro de la pupila, más allá del iris?

Demasiado, sin duda. Porque ese gesto implica confianza. Y eso, en un mundo de redes donde todos estamos atrapados, no se da.

12

12 2016

La cofradía de Vicenç

La Chicken Cycling Company (CCC), celebró su séptima ruta cervecera y en conmemoración de ello, el insigne relatador de cuentos -barra- peluquero, Sr. Vicenç nos regaló con una queja inédita.

Parece ser que desde hace tiempo la insigne cofradía de peluqueros tiene problemas, en Semana Santa, para sacar su paso de la Virgen bien Peiná por las calles de Ciutat. Notorio es que las cofradías más antiguas salen las primeras y marcan su ritmo, y las más noveles lo hacen las últimas por cuestiones jerárquicas. Pues el caso es que con la nueva incorporación de la cofradía del Cristo del Séptimo Dan, portada por practicantes chinos y autóctonos isleños seguidores del profeta Bruce Lee, alteran el normal ritmo de pasito a pasito de la procesión, siendo sustituido por los demoledores pasos, saltos y llaves de Wushu de estos últimos.

Los peluqueros de la Virgen bien Peiná han hecho un escrito donde solicitan un espacio más grande para sus secadores.

Cabe recordar que en estas ciclo-salidas la mente se dispersa encima de la bici y el frío se hace más llevadero con con cerveza, tapas y buenas historias.

Creo que para la próxima salida, tercer martes de cada mes, el Sr. Vicenç nos contará la historia de como un misterioso cuñao dejó el anonimato para convertirse en un experto degustador de alitas de pollo.

Chicken Cycling Company

23

12 2015

Feligreses de la Santa Cleta

Era un día de sol, de febrero mismamente, algunos pajarillos cansados del húmedo invierno cantaban en un valle no muy lejano. No tengo pájaros en jaula  y no sé donde cantan. Como decía, me lío con los pájaros, hoy no he ido a misa. Me cambié de iglesia hace mucho tiempo, ahora mi parroquia está en la calle. Soy predicador.

El sol inundaba la calle con sus largos rayos invernales, entrando en el taller por la ventana de oriente. En el taller-capilla ultimaba la bici para un converso que vio la luz del túnel. Un hombre pegado a un e-book, un hombre que necesita cientos para enojarse, un hombre tranquilo al que le habían puesto un bypass. Este personaje ficticio pero real era un hereje adorador de máquinas ruidosas y mal olientes que había desnaturalizado su existencia. Pero hoy era ese día, el día del bautismo que borraría su pecado original y renacería a la vida divina. Hoy el infiel ingresaría en la iglesia de la Santa Cleta, jurando sobre la inmaculada Llave del Diez su fidelidad a uno de los más sagrados sacramentos de la Ley de la Bicicleta Urbana:

Iré a trabajar en la bici.

Pepe Cañavate

Foto: Pepe Cañabate (TITAN2_2014).

 

17

02 2014

Presos de los políticos

Lo que antes era insoñable, ahora puede ser una realidad. Esta es mi lista de peticiones para este año.

Para empezar, me gustaría ser rico y poderoso, y que me cuidaran muchas mujeres sin tener que hacerme sacerdote. Me gustaría que los políticos trabajasen los jueves y los viernes. Me gustaría que los políticos trabajasen el resto de los días. Que fuesen a trabajar en sus vehículos propios, en bici a poder ser. Me gustaría que no se compraran, con nuestro dinero, esos trajes tan horteras que usan ellos y ellas, que parecen sacados de una mala película de la corte de Luis XV. Que fuesen listos, capaces y válidos y no solamente fieles. Me gustaría no tragar tanta saliva cuando veo y leo las noticias que nos venden.

También me gustaría ir al cine y que no hubiera palomitas. Me gustaría ver las aceras de mi ciudad sin “todo-terrenos” aparcados en ellas. Que hubiera más espacio para los animales, tanto domésticos como salvajes. Que me tratasen de Usted, tampoco estaría mal.

Con los nervios, ahora, no se me ocurre nada más que se pueda escribir aquí y en horario infantil. Por cierto, no estaría mal más pelis eróticas en la tele, las han quitado todas.

Foto: domibrez Música: Pajaro – Los grises

 

 

02

01 2013

Una historia en 635 metros

No se si son ciertas las historias de caminantes solitarios que vagan por sendas, caminos, carreteras y calles. Siempre las hubo y espero que siga así. Ésta que cuento hoy me sucede a diario, no es pasado, ni siquiera es una leyenda ancestral y tal.

No puedo empezar con aquello de “Un cierto día…” porque sucede todos los días en una calle o camino entre Son Sardina y la rotonda de la carretera de Valldemossa. Es el único tramo en el que viajo por la calzada, ya que no hay carril bici ni siquiera una triste acera por la que te puedan multar. Es un viejo camino que se asfaltó en su día para que los devoradores de oil pudieran circular sin que se ensuciaran sus ruedas. Vallada de antiguas paredes de piedra que aíslan las fincas de almendros de la carretera, el caminar por ella o circular con bici, se hace a veces peligroso.

Todas la mañanas, pero todas, cuando salgo para Palma me encuentro con este caminante entrado en años, con una forma de andar muy ligera y saltarina. El hombre va recogiendo hierba de las orillas para luego dar de comer a un caballo que permanece siempre encerrado en una pequeña parcela. Lo acaricia y luego se marcha a toda velocidad. Nos saludamos desde el primer día. Yo levanto la mano y el también.

Cuando subo a comer a medio día se repite la historia, se repite el lugar y se repite el ritual de saludos, y siempre el mismo pensamiento durante hace más de cinco años, ¿quién será este hombre?. No me atrevo a preguntárselo para no estropear esta misteriosa historia.

Prefiero imaginar…

Foto: domibrez Música: Las Grecas – Solitario

28

05 2012

Adiós a mi senda roja

Eran las cinco de la tarde cuando hacía la calor y la gomas de mi bici se deslizaban por el líquido asfalto de la calle. Fue al tomar aquella curva cuando me di cuenta que el asfalto rojo, que me protegía de las bestias del averno, había desaparecido. Paré en seco y observé aquella desolación, aquel vacío ocupado por un sendero raspado por algún ser de fauces terribles.

Sabía que éste era peligroso, que ese peligro venía de gente con prisas y en algún caso furiosa, pero nunca pude imaginar que todo aquello hubiera desaparecido como por obra y magia de Harry Potter. Mi camino por el bosque encantado había desaparecido y su lugar lo ocupaban tremendas máquinas hambrientas de espacio, de oxígeno, de prisas, de ruido, de humos (malos), de espacio (creo que ya lo dije).

Ahora el sendero se adentra por el bosque oscuro, donde las bestias acechan por la izquierda y por la derecha. En algunos momentos te atacan por la espalda llegando a rozar la rueda de mi bici con sus frentes. Por esta nueva senda tienes que esperar un minuto aquí, otro más allá y otros más acullá a que los abnegados repartidores de cosas descarguen sus mercancías dejando sus monstruosas monturas en medio de la senda. A señores/as que hacen sonar sus bocinas cuando quieren que te apartes porque su tiempo es mucho más valioso que el tuyo. A aquellos que piensan que entorpeces el tránsito y no se dan cuenta que yo también soy tránsito.

A pesar de todo, doy las gracias a todas esas personas que piensan en nosotros. Esas personas que alegremente sacan sus bicicletas enfundados en sus “chandals” de domingo y que luego deciden por donde hemos de ir los que a diario nos desplazamos en nuestras bicicletas para ir a trabajar. Gracias por hacernos un mundo más infeliz.

Foto: domibrez / Modelo: Mariluz. Música: Stevie Wonder – Send One Your Love

22

08 2011

Las gallinas que cuidaban de su bici

La bici de Sara estaba apoyada junto al viejo gallinero y las gallinas subidas en su manillar. Llevaba una vida distinta al resto de sus hermanas alquiladas. Élla, que había sufrido un accidente dejándola sin rueda delantera, se sentía orgullosa de sus ocupantes que picoteaban su sillín.

Fue una mañana de primavera cuando la conocí. Su dueña tuvo que arreglar aquel antiguo gallinero y la maltrecha bici no entraba en los planes decorativos de la nueva estancia. Triste, estas historias siempre son tristes, se quedó apartada en un sombrío lugar de aquel hermoso patio. Allí permaneció durante un largo invierno a la intemperie. Os podéis imaginar como estaba la primera vez que la vi. Óxido, excrementos de gallinácea, sin cubiertas, sin sillín y toda ella boca abajo haciendo que su aspecto fuera desolador.

Cuando llegó al taller se la presenté a una orgullosa Colnago recién acabada y que esperaba a su dueño. También andaba por allí una holandesa de ruedas blancas y desde hacía poco, estrella de la televisión. Se formó un corro y todas la observaban hasta que una poderosa fixie se adelantó y, alzando la voz en tono complaciente, le preguntó de que familia era. “La Figa”, que así se llamaba, le contestó diciendo que no lo sabía, que nunca había visto a sus padres ni la marca que ellos le pusieron. Pronto salieron de dudas, aquella andrajosa bici, después de una buena lavada y lijada, dejó ver su pedigree. Era, ni más ni menos, que una “Bianchi”, de la más alta aristocracia italiana.

Hoy comparte casa, ruta y vida con Sara, su nueva compañera.

Foto: domibrez / Música: Dionne Warwick – Raindrops Keep Falling On My Head

21

07 2011

Esta fiebre me está matando…

Es como vivir en un frasco de gelatina, todo se mueve despacio y me cuesta pensar. Sueño y sueño con sueños rocambolescos. Sueño muy despacio y luego muy deprisa. Hay una barandilla que se hace muy fina en mi mano y en un plis-plás engorda hasta engullirme.

Sueño en esa bici que estaba haciendo y ahora se congela en el pensamiento con sus ruedas gordas, y resulta que no es una bici, es una bruja con negros ropajes que monta en unas ramas de mimbre con un ojeroso búho sobre una cesta. El búho, Ceferino, me mira y parece que sabe lo que pienso. Pienso en la bruja mala, no, en la buena. En lo buena que era la bruja Honorina, que nos cocinaba en su puchero ennegrecido por las vidas ajenas.

Una bruja no tiene por qué hacer conjuros con sapos y patas de cuervo catedralicio. Esta bruja hacía magia los días nublados, los soleados y, a veces, cuando llovía. Aunque yo no la viese, ella estaba mirándome como su viejo búho. Cuántas veces sacó su estropeada escoba a pasear y sin saber de dónde venía notaba en la nuca el viento y luego el golpe, a la vez que un tonillo impertinente se te quedaba en el tímpano -¿¿qué te he dicho??-. Pero lo que mejor hacía la bruja era no molestar. Hasta cuando echó a volar por última vez, se fue sin molestar, sólo cogió respiración tres veces y se fue.

El tiempo se hizo otra vez de gelatina, me costaba mover la cabeza de un lado al otro porque no sabía dónde estaba y algo me llamó la atención, era Ceferino, el búho de la bruja Honorina que me miraba desde la cesta de mimbre.

Foto: domibrez / Música: Peggy Lee – Is That All There Is?

25

01 2011

La bicicleta de Warp*

*Transcribo literalmente el relato de infancia de un lector de este blog (Warp).

Mi primera bici fue una GAC.

Era una bicicleta infantil con las agarraderas de goma de mala calidad que se deshacían bajo mi sudor, pintada de blanco con el escudo de la marca, el guardabarros cromado plagado de pecas de óxido, la cadena tan sucia por el barro como por la grasa, sillín de plástico incómodo y pedales feísimos. Como todas las de la época no le faltaba su dinamo y su bombilla de 12 voltios. Incómoda de manejar, dura de conducir y con ruedas que más parecían de carro.

Encima, nos la repartíamos entre tres hermanos, aunque mi principal rival era mi hermano mayor -a mi hermana no le interesaba demasiado-. A pesar de la envidia que tenía a todos los niños por tener una BH mientras que yo tenía una GAC (nadie en mi ciudad tenía una GAC), cuando la conseguía se convirtió en mi compañera de exploración en el barrio periférico de Inca donde vivía. Visitaba los alrededores de fábricas de calzado, el cementerio, los campos llenos de almendros y de misterios -sobre todo cuando, al caer la noche, se convertían en refugio de fantasmas escapados del camposanto y otros seres de naturaleza oscura-.

Con ella me rompí pantalones y jerseys, logré desollarme rodillas, dedos y codos, llegué hasta el más lejano confín de la ciudad -incluyendo el Más Allá: Lloseta, rompiendo la prohibición materna de salir a la carretera- y me enfrenté a pandillas de niños pendencieros, normalmente por el expeditivo método de pedalear más deprisa que ellos.

Ella era mi Enterprise y yo un Spock de barrio repleto de curiosidad por todo lo que me rodeaba. Podía pasarme horas pedaleando, sacando hasta el último aliento de mis pequeños músculos explorando aquella galaxia urbana. Volvía a casa agotado, donde devoraba los bocadillos de sobrasada y la leche con galletas (Quely, por supuesto) con avidez.

Aquella bici de segunda mano, que tantas veces llevé a reparar pinchazos en aquel taller enorme, oscuro y maloliente de caucho y grasa para cadenas, no sobrevivió a los embates de tres chiquillos descerebrados. En algún momento de mi, por aquel entonces, futuro, perdí el interés por explorar la ciudad, que empequeñecía a medida que me hacía mayor. Hoy los campos de almendros están cubiertos por naves industriales, las fábricas cerradas y demolidas, el cementerio ha perdido su terror y los alienígenas que me hostigaban hace tiempo que han desaparecido.

Su destino es más oscuro. Si la hubieras visto abandonada sería seguramente en un vertedero y ni la habrías mirado: no habría nada que salvar, un pecio infantil hundido en lo más profundo del pasado, repleta de óxido y desconchones en su pintura, los radios doblados y la cadena seca y salida de sus engranajes. Esa nave cruzó la galaxia mil veces y sucumbió a la peor arma de destrucción masiva: el tiempo. Es un recuerdo imborrable y ya que no se la puede rescatar en una de tus magistrales creaciones, bien está que la rescate en tu blog con un poco de literatura.

Foto: domibrez / Música: Arcade Fire / No Cars Go

03

12 2010

“Torre / 1956” in memoriam

Día de difuntos, de muertos olvidados. Nunca he creído en el cielo ni en la eternidad de las almas y después de venir del campo sagrado… creo aún menos.

Hoy era buen día para coger la bici, la cámara y retomar un antiguo camino que hacía a diario para ir al periódico, antes de que existiera mi amado carril bici. Esta ruta me llevaba por la carretera de Sóller hasta la vieja prisión donde me desviaba hasta el Carrefour para cruzar hacia la bajada del cementerio. Todas las mañanas atravesaba este sacro lugar, paraba si el tiempo me lo permitía y escuchaba el silencio despoblado. Cada día recorría una calle y escudriñaba los cientos de nombres y fotos de las almas que allí reposaban. Fue entonces cuando descubrí la tumba de aquel hombre semi olvidado con su cara rota (Torre / 1956).

Hoy era día de visitas a los muertos, de ramos de flores, de gitanos exuberantes y de olvido en el limbo de la memoria. Entre miles de lápidas tapadas por sus flores había pequeñas caries despobladas de recuerdo y entre todas ellas me enganché a una. Era joven y apuesto, era un ser querido (entonces), si era otra vez él, “Torre / 1956”. Seguía hay quieto, roto y olvidado. Sin una triste flor ni una mano que limpiara su desvencijada tumba. Su cara rota me mira como desde un agujero con ojos de bondad y tristeza. Y no lo pude resistir, no limpié su tumba, ni la recoloqué, ¿para qué? a él no le hubiera servido de nada y a mi tampoco. Lo único que se me ocurrió es hacerle esta foto y pegarla en este blog. Y pienso que por unos efímeros instantes o quizás para siempre, “Torre / 1956”, será eterno.

Foto: domibrez / Música: Obus – Cualquier Noche Sale El Sol

01

11 2010