Archivo de Mayo, 2011

El mundo se ve más de cerca cuando pinchas

Deprisa, deprisa que tengo prisa. No puedo hablar contigo que tengo prisa, luego te llamo. Llámame y hablamos. Perdona que te corte, es que… Hoy no puedo pero la próxima semana nos vemos.

Se me ocurren un montón de frases de “quedar bien” ante el supuesto estrés que nos creamos. Vamos por la vida barriendo y limpiando sin ver el suelo que barremos ni lo que hay detrás de los cristales que limpiamos. Creemos que todo sucede así porque así ha de ser. Una persona que habita en el amazonas, dedica cinco horas a la semana para cubrir su necesidades básicas, ¿cuántas necesitamos nosotros… al día?.

La otra tarde, cuando iba para casa después de salir del periódico, pinché la rueda trasera de mi bici y me pilló sin el kit anti-todo que siempre llevo encima (ley de Murphy). No me quedó más remedio que echar pie a tierra y continuar caminando hasta mi casa. Paso todos los días por el mismo lugar y pienso la de sensaciones que se pierden cuando vas en coche porque no sientes el aire, los olores, los sonidos… Fue entonces, gracias al pinchazo, cuando empecé a observar muchísimos más detalles en mi camino. El paisaje se hizo más lento, el viento no me golpeaba la cara y sobre todo, pude parar a contemplar pequeñas cosas que desde la bici se me hacen invisibles.

Ralenticé más aún mi vida por unos instantes, saludé a las personas con las que me cruzaba (una sensación extrañísima) y ellos me devolvían el saludo… Me senté en un banco en la pasarela de Son Espases y lo que era un lugar rodeado de coches y prisas, se convirtió en un atardecer mediterráneo, y todos sabemos que es eso.

Gracias, bici, hasta cuando pinchas me haces feliz.

Foto: Clara Brezmes / Música: Oscar Peterson – Somewhere

27

05 2011

El lobo acecha a la Pastora

Una mañana de mayo de un día cualquiera, bajé por última vez con mi bici “laboral”. Había una luz especial, el aire estaba quieto como un gato a punto de saltar sobre su presa. El camino despejado por una vez de viandantes, todo-terrenos y repartidores que están trabajando (los demás estamos de ocioso paseo). Nada hacía presagiar que esa mañana tan generosa iba a repetirse la desagradable experiencia del robo de mi querida bici.

Seguro que podéis pensar que soy un desastre, si podéis, pero os aseguro que había puesto todo el interés en que no volvieran a robar, por segunda vez, mi maravillosa máquina. Está claro que las técnicas avanzan en paralelo y lograron reventar la “pitón” del la bici delante de la puerta del periódico a media mañana y cuando la brisa aun no había aflorado. En fin, la experiencia es un grado y el disgusto ha sido algo más pequeño (si cabe).

Como yonki buscando su jeringuilla, rápidamente empecé a fabricar otra bici “laboral”. La Razesa, que había comprado hacía escasamente una semana, me servía para tal propósito. Era una talla 60, un tamaño difícil de encontrar y a partir del cual me puse a trabajar. Quito ruedas, cubiertas, manillar, puños, tija, sillín, manetas, cadena y cables y la dejo completamente desnuda. Pulo, limpio y doy esplendor con una pintura negra con escogidos toques de cobre en alguna de sus partes. Pongo cubiertas, luego las ruedas, manillar, puños, tija, sillín, manetas, cadena y cables.

Todo está dicho y hecho, levanto la sábana y ¡alejop!, aparece mi nueva compañera de trabajo. LA PASTORA.

Foto: domibrez / Música: Pops Staples – Down In Mississippi

23

05 2011

La confusión de Confucio

Érase una vez, una bella dama que peinaba sus negros cabellos al borde de un hermoso estanque de nenúfares, y un príncipe la besó y la quiso para siempre… Y bueno, eso es todo lo que puedo citar del cuento, el resto es pura paja y relleno innecesario.

Puede que suene a cuento chino, pero la realidad es que voy a hablar de la china, CHU LI NA, que así se llama. Es una bicicleta importada de la China mandarina y de una calidad más que mala. El óxido le salía hasta de las cubiertas y su peso desmesurado le daba una aspecto de tanque sin balas. La desnudé poco a poco y fue saliendo la parte más erótica y especial de la bici, la doble barra. Yo creo que ella notó que se iba sintiendo mejor sin tanta chatarra y fue dejándome ver, cada vez más, sus verdaderos sentimientos. Al final, todo su encanto quedó al descubierto y se entregó a mí.

Como todo cuento que se precie, intenté que éste tuviera un final feliz. Le atusé sus negros cabellos con un corte que dejaba ver su hermosa frente y le regalé un delicado kimono marfil con cinturón negro. Y como dijo el gran Confucio*, “Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla.”

*Confucio fue un chinojaponés que inventó la confusión. Por si alguno no lo sabía.

Foto: domibrez / Música: Chinese Man – Get Up

10

05 2011