La bicicleta de Warp*

*Transcribo literalmente el relato de infancia de un lector de este blog (Warp).

Mi primera bici fue una GAC.

Era una bicicleta infantil con las agarraderas de goma de mala calidad que se deshacían bajo mi sudor, pintada de blanco con el escudo de la marca, el guardabarros cromado plagado de pecas de óxido, la cadena tan sucia por el barro como por la grasa, sillín de plástico incómodo y pedales feísimos. Como todas las de la época no le faltaba su dinamo y su bombilla de 12 voltios. Incómoda de manejar, dura de conducir y con ruedas que más parecían de carro.

Encima, nos la repartíamos entre tres hermanos, aunque mi principal rival era mi hermano mayor -a mi hermana no le interesaba demasiado-. A pesar de la envidia que tenía a todos los niños por tener una BH mientras que yo tenía una GAC (nadie en mi ciudad tenía una GAC), cuando la conseguía se convirtió en mi compañera de exploración en el barrio periférico de Inca donde vivía. Visitaba los alrededores de fábricas de calzado, el cementerio, los campos llenos de almendros y de misterios -sobre todo cuando, al caer la noche, se convertían en refugio de fantasmas escapados del camposanto y otros seres de naturaleza oscura-.

Con ella me rompí pantalones y jerseys, logré desollarme rodillas, dedos y codos, llegué hasta el más lejano confín de la ciudad -incluyendo el Más Allá: Lloseta, rompiendo la prohibición materna de salir a la carretera- y me enfrenté a pandillas de niños pendencieros, normalmente por el expeditivo método de pedalear más deprisa que ellos.

Ella era mi Enterprise y yo un Spock de barrio repleto de curiosidad por todo lo que me rodeaba. Podía pasarme horas pedaleando, sacando hasta el último aliento de mis pequeños músculos explorando aquella galaxia urbana. Volvía a casa agotado, donde devoraba los bocadillos de sobrasada y la leche con galletas (Quely, por supuesto) con avidez.

Aquella bici de segunda mano, que tantas veces llevé a reparar pinchazos en aquel taller enorme, oscuro y maloliente de caucho y grasa para cadenas, no sobrevivió a los embates de tres chiquillos descerebrados. En algún momento de mi, por aquel entonces, futuro, perdí el interés por explorar la ciudad, que empequeñecía a medida que me hacía mayor. Hoy los campos de almendros están cubiertos por naves industriales, las fábricas cerradas y demolidas, el cementerio ha perdido su terror y los alienígenas que me hostigaban hace tiempo que han desaparecido.

Su destino es más oscuro. Si la hubieras visto abandonada sería seguramente en un vertedero y ni la habrías mirado: no habría nada que salvar, un pecio infantil hundido en lo más profundo del pasado, repleta de óxido y desconchones en su pintura, los radios doblados y la cadena seca y salida de sus engranajes. Esa nave cruzó la galaxia mil veces y sucumbió a la peor arma de destrucción masiva: el tiempo. Es un recuerdo imborrable y ya que no se la puede rescatar en una de tus magistrales creaciones, bien está que la rescate en tu blog con un poco de literatura.

Foto: domibrez / Música: Arcade Fire / No Cars Go

Acerca del autor

Domiciano Brezmes de León

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03

12 2010

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